Últimamente recibo numerosas llamadas de compañías telefónicas para tantearme y saber si quiero pasar a engrosar su lista de clientes. Además de precios irrisorios con respecto a la compañía con la que estoy actualmente, me ofrecen suculentas ofertas de móviles hipermegamodernos y superguays que casi dejan en mantillas a un ordenador de hace cinco o seis años respecto a lo que pueden llegar a hacer. Estas llamadas, que a buen seguro recibís también vosotros habitualmente, a la par que molestas me hacen hervir la sangre porque me recuerdan en qué mundo vivimos. Nada que no sepamos ya, por supuesto, ni que pase desapercibido si nos da por pasear por el ágora actual -el mito de Platón que tan sabiamente recreó José Saramago en su novela La Caverna- que son los centros comerciales. Todo se nos vuelve tener, tener, tener: móvil con GPS, portátil novísimo, Netbook de ínfimo tamaño, desechando el móvil que ya poseemos, y que permite llamar y recibir llamadas, el ordenador de sobremesa que compramos hace apenas dos años y que funciona a la perfección con software privativo, y de lujo con ese otro sistema operativo del pingüino. Se nos incita a comprar, a consumir, a despilfarrar tiempo, dinero y recursos con el encomiable afán de olvidar nuestras miserias, sin ser conscientes acaso de que en nuestra vorágine arrastramos con nosotros al resto de mundos, inclusive el tercero. El que más.

Y os preguntaréis, con toda la razón, ¿qué mosca le ha picado a éste? Pues que aunque a estas alturas uno está curado de espanto (o eso desearía creer), de vez en cuando leo un texto, veo una imagen, escucho una conversación, que me recuerdan que hay cosas que, si ya están mal de por sí, son peores cuando se prolongan en el tiempo, no terminan, tornan en realidad la peor de las pesadillas, que es nuestra propia naturaleza humana. Tan excelsa a veces como detestable en demasiadas ocasiones. Leía este fin de semana, y desde entonces he querido sentarme con tranquilidad a escribir sobre ello, una noticia sobre el uso del coltan en la fabricación de dispositivos de última tecnología (móviles, portátiles, satélites…) y cómo una avaricia que convertiría a Ebenezer Scrooge en un filántropo sigue llevando la guerra a países tan necesitados como la República Democrática del Congo. El coltan está compuesto por columbita y tantalita y es de un color azul metálico apagado. De él se extrae el tantalio, muy resistente al calor y con peculiares propiedades eléctricas que lo hacen muy preciado en la industria tecnológica. No abundaré mucho más en algo que la Wikipedia podrá explicar mejor a quien interese, pero en resumen el coltan está presente en la fabricación de todos estos pequeños dispositivos electrónicos y gadgets que portamos a diario, en los satélites que usa nuestro móvil GPS, que también es así de pequeño por gracia de tan singular mineral. Su escasez y amplia demanda determinan un precio que no es precisamente pequeño. Y todo ello nos lleva a la guerra, a la explotación infantil y a que se lleven a cabo todo tipo de atrocidades que podréis leer en los enlaces que adjunto al final de la entrada, algunos de los cuales incluyen vídeos.


Fotografía: Dizolele.com

Pero lo que me retuerce las entrañas no es únicamente esto (que también), sino la ilusa sensación que tenemos en este bendito primer (o segundo, no se yo…) mundo en que vivimos, de que lo merecemos todo por gracia divina. Somos el hijo mimado que todo lo merece, y que puede disfrutar del juguete que arrebata de las manos al hermano pequeño. Aunque se quede llorando y pataleando nada va a ocurrir: estamos solos en casa y nadie va a oírle. Nadie quiere oírle, porque no interesa. ¿O estamos dispuestos a no renovar nuestro móvil cada 6 meses o un año, a utilizar nuestro portátil durante 7, 8 ó 9 años al menos, a utilizar software que no lo convierta en inútil porque no sea capaz de ejecutarlo? ¿Seremos capaces ya no de optar por el decrecimiento, sino básicamente de no consumir inútilmente? ¿Sufrimos de gula tecnológica?

Os dejo con los enlaces, cuya lectura os recomiendo encarecidamente:

Y, aunque no tenga una relación del todo directa con la tecnología, sí se trata de unos hechos similares en cuanto al abuso del primer mundo con la cuna de la humanidad: Os recomiendo ver la película documental La pesadilla de Darwin, que trata sobre la perca del Nilo y los efectos que ha tenido sobre la población que vive en torno al lago Victoria (que no es poca, hablamos tres países: Uganda, Tanzania y Kenia).


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